Hansi Flick es el mayor acierto del último mandato de Joan Laporta. Fue él quien lo ideó y quien puso su nombre encima de la mesa para que Deco y Bojan acabaran el trabajo. No fue una decisión improvisada ni un arrebato porque su nombre rondaba la mente del hoy precandidato antes incluso de ganar las elecciones de 2021. Y tampoco llegó al alemán por generación espontánea, sino que lo hizo tras reunirse con ilustres de la escuela alemana como Tuchel o Klopp.
Laporta siempre ha tenido una gran intuición, pero basada, por lo menos en el caso de los entrenadores, en un trabajo previo. Pasó con Rijkaard, recomendado por Cruyff, pero también con Guardiola, al que eligió por delante de Mourinho. También aquí tuvo en cuenta los consejos de Johan. De hecho, Flick fue el primero que no recibió la bendición del holandés (la habría tenido seguro), por lo que todo el mérito hay que dárselo a quien puso su nombre encima de la mesa.
Ni Rijkaard, ni Guardiola ni Flick eran apuestas fáciles ni exentas de riesgo, sino todo lo contrario. La prueba es que no existía unanimidad en el barcelonismo, algo habitual porque nunca la hay, pero sí muchas dudas expuestas desde el entorno y una mirada algo recelosa hacia el banquillo.
Para los tres, su gran fortaleza fue el aval de quien apostó por ellos y, a partir de ahí, tuvieron libertad para devolver esa confianza con fútbol y títulos. Ese crédito, por ejemplo, Koeman y Xavi solo lo tuvieron de palabra porque Laporta nunca los sintió como suyos. En el fondo, es normal que así fuera: quien manda elige con quien quiere mandar y el entrenador del primer equipo del Barça es el cargo más importante en un club como el blaugrana tras el del presidente. El técnico es la persona en la que el máximo dirigente deposita su futuro, lo pone en sus manos. Laporta no es quien es por su director general o su director deportivo. Tampoco ha construido su imagen solo con carisma o frases célebres en momentos quirúrjicos.
Su éxito ha sido el de sus entrenadores y, por esa misma razón, algo que entendió desde el primer día y hasta el día de hoy, nunca dejó esa decisión en manos del azar y, cada vez que tuvo que elegir técnico, la intuición, aunque también presente, solo fue un porcentaje menor. Laporta ganó las elecciones en 2003 con Beckham y fue Messi quien le llevó a vencer en 2021, pero ni llegó el inglés ni renovó al argentino porque nunca los necesitó para mantener su presidencia como sí necesitaba a Rijkaard y a Guardiola, primero, y a Flick después. Los cromos ganan elecciones; los entrenadores son la estabilidad imprescindible para gobernar.