La II Guerra Mundial terminó en agosto de 1945. O, al menos, así lo dictaminó la rendición de Japón. En la espesura húmeda de ciertas islas del Pacífico, sin embargo, entre raíces, lianas y lluvias impenitentes, la guerra siguió transpirando sufrimiento durante décadas. Al menos para un grupo de combatientes nipones, inconformistas y militantes de esa idea romántica que impide entregar las armas, que siguió luchando en la selva tres décadas más. Cuando los aliados habían desembarcado, el teniente Hiroo Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia, porque la capitulación no estaba en sus instrucciones de uso. “Recibí una orden”, alegó muchos años después.