La Super Bowl tiene, como casi todo en el deporte estadounidense, sus rituales extradeportivos: juntarse con amigos a ver la final de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL), comer alitas de pollo y beber cerveza, comentar los anuncios por los que las marcas pagan auténticas millonadas, criticar la actuación musical del intermedio y apostar. Apostar mucho.