Bajando la rúa Manuel de Castro, camino de Balaídos, mi padre me habló por primera vez de José Carlos Suárez, Nené Suárez, el futbolista que más admiraba. Lo hizo con los ojos muy abiertos: “Luci, Nené tenía el mayor de los talentos. El mejor jugador del Celta entonces. Y yo tuve la suerte de jugar con él en las categorías inferiores”. Fue la primera vez de muchas. Yo fingía interés porque cuando mi padre me hablaba de futbolistas de los años setenta todo me sonaba antiquísimo. Al llegar al estadio, me compraba algo de comida, me subía la cremallera del chubasquero hasta rozarme la barbilla y me ordenaba que me sentase.