Ganó el Real Zaragoza y eso debe dejar de ser noticia cuanto antes. Lo hizo, eso sí, con suspense, en el último minuto, merced a un gol con el muslo y después de un partido en el que mereció tanto después del descanso como tan poco antes. El caso es que el tanto de Espiau en el minuto 90 otorga tiempo, que no es poca cosa, a un Zaragoza al que Ibai debe dar una vuelta cuanto antes. Como lo hizo en el intermedio, cuando transformó por completo la fea fisonomía de su equipo con un triple cambio que liquidó a un Zaragoza deprimente para alumbrar esperanza en lo que debe estar por llegar.
Antes del decidido volantazo del técnico, el Zaragoza había sido un desastre. Lento, atascado y a merced de un Antequera que le impartió gratis un máster especializado en una Primera RFEF a la que el conjunto aragonés todavía está lejos de conocer en profundidad. A base de orden, presión en la salida a los laterales y líneas juntas, el cuadro malagueño redujo a su oponente a la nada más absoluta durante buena parte de una primera mitad en la que los aragoneses llegaron a desquiciar a los suyos hasta el punto de que no tardó en escucharse ese primer runrún que tanto le gustaba a Guti.
Ander falló un penalti y Sangallí demostró que su fútbol no es de este mundo
De hecho, las mejores ocasiones fueron de un Antequera que bien pudo haberse adelantado ya a los dos minutos, cuando Adri Gené estuvo cerca de aprovechar un error de un Gabilondo que no dio una a derechas.
Poco después, Moi probaba los guantes de Westerveld desde lejos para poner la mosca tras la oreja a una parroquia local confiada en que el mal rato acabara pronto. Sin embargo, el Zaragoza, controlado en todo momento por un rival mejor colocado y con más sentido, derrochaba incomodidad por los cuatro costados.
Hasta el primer cuarto de hora no se acercó el conjunto aragonés al área local. Y lo hizo a través de un barullo que reflejaba a la perfección el lío en el que estaba metido un Zaragoza encomendado a la fiabilidad de Diego González, providencial para evitar el tanto de Quintana.
Tampoco estuvo lejos Luismi de abrir el marcador a la media vuelta poco después para desazón de una grada que exigía más a los suyos. Pero el recado apenas encontró respuesta. Un par de disparos erráticos de Pau Sans (el segundo tras la única jugada trenzada del primer periodo) intentaron advertir a un Antequera al que solo la velocidad de Vadillo desde la izquierda le hacía sufrir. Pero el Zaragoza, con Ander y Terrer desaparecidos, se empeñaba en inclinar el campo hacia el otro lado, donde Gabilondo y Cuenca acumulaban despropósitos.
Ambos, de hecho, se quedaron en la ducha al descanso para que Jardí y el debutante Sangalli elevaran el nivel notablemente en un costado que, ahora sí, albergaba motivos para ser la senda a explotar. Junto a ellos entró Pereira, que también mejoró a Escudero a base de velocidad y alejarse un tanto de esa estancia por el centro que tanto defienden Ibai y el resto de entrenadores modernos.
El caso es que el Zaragoza era otro. Jardí, muy activo, avisó desde lejos poco antes de mandar una falta directa cerca de la escuadra. Para entonces, el vuelco de los locales había provocado que Abraham Paz diera un paso atrás quitando del campo a Destiny, Adriá y Moi para alivio de un Ibercaja Estadio que respiraba más tranquilo.
El Zaragoza, con ese bendito triple cambio, había ganado en intensidad, profundidad y calidad, pero, sobre todo, en fútbol. Y de eso sabe mucho Sangalli, un futbolista como la copa de un pino capaz de brillar hasta cambiar a un equipo entero con apenas un par de entrenamientos después de meses inactivo. Se diría, de hecho, que el vasco tomó de la mano al Zaragoza para llevarlo a buen recaudo, lejos del recóndito y oscuro lugar en el que estuvo escondido hasta su aparición.
Fue él, de hecho, el que provocó el penalti llamado a decidir la contienda a falta de veinte minutos para la conclusión. Un recorte hacia dentro de Sangalli encontró la pierna de Julio y el justo premio a la superioridad de un Zaragoza que a esas alturas ya se había hecho acreedor a algo más. Pero Ander mandó el lanzamiento al palo y el balón, tras rebotar en la espalda del meta visitante, acabó en sus manos para desesperación de una grada que se tiraba de los pelos.
Pero el Zaragoza siguió insistiendo. Ibai tiró de Ureña y, a falta de nueve minutos, de Espiau para acabar el duelo con dos delanteros, lo que tanto se echó de menos en Tarragona. El Antequera, empujado por la fuerza bruta de su oponente, había presentado hace tiempo la propuesta de tablas.
Iranzo mandó el balón al lateral de la red y Jardí y Terrer no apuntaron bien antes de que, justo en el 90, Espiau mandara a la red con el muslo un balón que Diego había mandado al larguero tras un buen centro de Jardí. El Ibercaja Estadio enloqueció, que ya tocaba. El Zaragoza había necesitado 180 minutos para marcar en Primera RFEF, pero al fin ganaba. Salió el sol por Antequera.