Cuatro victorias y trece derrotas en 18 partidos es el pírrico rastro que deja Rubén Sellés en el Real Zaragoza, a ocho puntos de la permanencia con solo ya 14 jornadas por delante. Cuando llegó, la salvación estaba a cinco, se amplió a nueve tras los tres primeros fiascos y se redujo luego a dos para volver a crecer ahora hasta un punto casi insalvable.
Sellés se va tras acumular un segundo fracaso consecutivo después de haber sido despedido del Sheffield United, donde comenzó el curso con cinco derrotas consecutivas, lo que supone que el valenciano tan solo ha ganado cuatro de los últimos 23 encuentros que ha dirigido entre Inglaterra y España. Más de la mitad de ellos (13) los ha perdido.
Sellés, que tenía contrato hasta final de temporada con renovación por un año más en caso de permanencia, estaba cuestionado desde hace tiempo aunque fue tras el bochorno en Andorra cuando se quedó con la soga al cuello. La indecente imagen del equipo y su mala gestión provocaron un incendio que alcanzó su punto álgido este sábado, cuando el Zaragoza volvió a perder en casa (Sellés solo ha ganado un dos partidos en el Ibercaja Estadio), lo que provocó el estallido final de rabia de una afición que, sin embargo, centró su ira sobre la directiva sin que se escucharan cánticos contra el banquillo.
La etapa final del entrenador ha estado marcada por un proceso de degradación en sintonía con el de un equipo que se le ha caído justo después de una exhibición táctica en El Sardinero, donde el planteamiento y la gestión de Sellés fueron determinantes para lograr un triunfo en feudo del líder que parecía ejercer de punto de inflexión de un equipo que, sin embargo, cayó en picado desde entonces.
Comenzó un carrusel de despropósitos desde el banquillo, con decisiones incomprensibles, obstinaciones impropias y vaivenes temerarios, lo que, unido a las lesiones y al nefasto mercado invernal de Txema Indias, han acabado con el técnico en la calle.
Se empeñó Sellés en jugar con mediocentros como mediapuntas (Guti, Moya o Francho) como fórmula para hacer frente a la pobreza ofensiva del peor goleador de la categoría. Le funcionó en Santander, pero nunca más. Insistió también en ubicar a Saidu, mediocentro, como central a pesar de ser una apuesta de alto riesgo tanto para el equipo como para el propio jugador, de apenas 20 años. Y también fue recurrente en entregarse a Guti y Francho para jugarlo todo, lo que ha pasado factura a ambos en el apartado físico, precisamente la parcela en la que Sellés (preparador físico) debía tener más controlada.
A peor
Cayó de pie el valenciano a pesar de sus tres derrotas iniciales. Porque el equipo transmitía sensaciones muy distintas al adefesio que dejó Gabi y porque sus planteamientos iniciales llegaban a ser brillantes. Más, desde luego, que su gestión posterior de los partidos. Pero es que Sellés también ha ido hacia atrás en eso, como lo demuestra la acumulación de primeras partes indignas en las últimas fechas, sobre todo, en Albacete y Andorra. En León, por cierto, cometería el enésimo error grave al reprochar a la afición desplazada su “tibieza” respecto al equipo, que, aseguró, había dado “un paso adelante” que el entrenador exigía ahora a una parroquia que no podría creerse lo que escuchaba. Lejos de retractarse, Sellés se reafirmó después a pesar del requerimiento del club para que matizara sus palabras. “Dije exactamente lo que tenía que decir”, pregonó. La paciencia se estaba acabando a pesar de que un sector del club, y también de la masa social, seguía creyendo en que, si el Zaragoza tenía alguna opción de salvarse, era con Sellés al mando.
Pero no. El entrenador estaba completamente perdido y así lo dejaba patente tanto en su gestión en el campo como en unas palabras cada vez más vacías y desprovistas de sentimiento en la sala de prensa. La frialdad de Sellés y su insistencia en ese carácter competitivo que, afirmaba, había adquirido el Zaragoza desde su llegada, se le han vuelto en contra. Porque ese equipo que al menos competía cuando no ganaba, también dejó de competir hasta alcanzar e incluso superar el nivel de aquel engendro de Gabi.
Está claro que la negligencia de Indias en la configuración, gestión y posterior reestructuración de la plantilla han dejado aún más a los pies de los caballos a Sellés, pero también es cierto que el técnico se mostró muy satisfecho con la composición del plantel tanto cuando llegó como en enero hasta el punto de asegurar que “el club ha hecho un gran esfuerzo y los nuevos fichajes me obligan a ser más yo que nunca”. El caso es que el festival de vaivenes, lejos de rebajarse, se aceleró. Jugadores que pasaban de la titularidad a la grada y viceversa, futbolistas descartados (Bazdar y Pau Sans) que mandó a Polonia y una peligrosa inacción (sin cambios tras la indecente primera parte en Andorra) después de haber reprochado a los jugadores su actitud en Albacete, añadían responsabilidad a Sellés, que si bien nunca fue el máximo culpable de la actual situación, hace tiempo que dejó claro que tampoco formaba parte de la solución, lo que le convertía en parte de un problema que alcanza ahora una dimensión extraordinaria.